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MUSSIO CARDENAS ARELLANO
Publicada en diariopresencia.com e informerojo.com
21 de febrero de 2013
Sea o no un peligro real para el PRI, tenga el potencial para derrotar a la maquinaria priísta, Javier Duarte y sus capos políticos han dado un paso en falso en la encomienda de destroncar la alianza PAN-PRD y, quizá sin calcularlo, la victimizaron a los ojos de la sociedad.
Duarte, que no conoce ni jota de política, la combatió con tanta pasión que dejó un mar de huellas que evidencian el trabajo sucio, lo mismo cuando emergía el proyecto de alianza como cuando fue invalidada por el Tribunal Electoral de Veracruz, ese órgano que hoy es el más descarado —y desaseado— apéndice, junto con el Instituto Electoral Veracruzano, del vilipendiado régimen duartista.
De solo saber que la oposición se une, Javier Duarte siente urticaria. Tiene la piel sensible, el miedo a la vista y la angustia en la mirada.
Se sabe frágil, incómodo, electoralmente anulado y políticamente vulnerable. Y es que en dos años, su Veracruz se halla en punto muerto: no termina de armar el rompecabezas, no acciona el despegue, agrava la deuda, vuelve a bursatilizar, derrocha entre los suyos, financia francachelas y viajes al extranjero, corrompe periodistas, le matan periodistas, encubre a la delincuencia fidelista, no recompone la seguridad, lo avasalla el narco, crece la pobreza común y la pobreza alimentaria, mientras le decomisan 25 millones en efectivo para pagos imaginarios y se sabe de negocios y de sospechosas compras de propiedades en el extranjero, fomenta el nepotismo, y mil tópicos más que van dando la talla del desgobierno que le ha tocado encabezar.
2010 fue un catalizador contundente del caos que Javier Duarte habría de traer a Veracruz. Inventado como candidato por Fidel Herrera Beltrán, nunca estuvo en el ánimo de los priístas que lo vieron, y lo ven, como un improvisado sin mérito alguno, el oportunista sexenal, el hacedor de todos sus males, sin olfato, sin sexto sentido, sin intuición.
Duarte no ganó la elección. Usó el fraude electoral —la compra de los votos a cambio de migajas, la compra de los representantes de la oposición en las casillas— para llegar al gobierno de Veracruz. Y eso lo sabe Duarte. Sabe que en los hechos perdió la elección.
Supo entonces que si Acción Nacional y el PRD se hubieran aliado, él no sería gobernador y el PRI habría perdido el poder. La historia, sí la historia, habría cambiado.
Dos años después, en 2012, la elección federal le dejó otra lección. Su gobierno y su PRI constataron cómo fueron ganándose a pulso el repudio de la sociedad. Su candidato presidencial, Enrique Peña Nieto, fue humillado en las urnas veracruzanas, en parte por la inercia de su impopularidad y en gran medida por la nula operación política del gobernador y su pandilla inútil.
Acción Nacional ganó una elección cerrada. Le siguió el PRI y muy cerca el candidato de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador. De ahí, sumados los más de 2 millones de votos del PAN y PRD, se tuvo una primera lectura: juntos derrotarían de calle al PRI.
A partir de ahí se concibió la alianza PAN-PRD, un proyecto ganador en teoría, aquejado, sin embargo, por sus luchas intestinas, la guerra de grupos panistas, los Yunes contra los pipos y los Yunes contra los julens, que se dan con todo; y las históricas escaramuzas entre las tribus perredistas, que se arrojan hasta la cubeta.
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