Por primera vez se realiza a las 11:00 horas
Por Luis González Romero
Por Rica, Ver.- A 43 años de la tragedia aérea del Cerro del
Mesón, por primera vez la ceremonia luctuosa en el monumento a Los Caídos, sobre
el bulevar Adolfo Ruiz Cortinez, de a la altura de la colonia Manuel Ávila
Camacho, se realizó a las 11:00 horas, sin explicación alguna. Este acto
luctuoso siempre se había celebrado entre las 8 y 9 de la mañana.
En la ceremonia luctuosa se contó con la presencia de algunos
integrantes del cabildo, así como de la mayor parte de los periodistas de la
ciudad y la región; así como los alumnos de la escuela primaria Luis Spota, de
la colonia Prensa Nacional, faltando primera vez los estudiantes de la Secundaria
y Preparatoria Renato Leduc, quienes por el horario no pudieron asistir al acto
luctuoso.
Correspondió al periodista Jesús Rodríguez Zaleta, pronunciar el
discurso y hacer historia de esa tragedia que enlutó al periodismo nacional. En
representación del cabildo, Dulce María Carpizo, reconoció la misión que
cumplen los periodistas, en tanto que la reportera Lidia López pasó lista de
presentes.
Aquí quiero recordar a Sergio Candelas, que hace 43 años publicó
en Zacatecas una reseña completa de la tragedia de Cerro del Mesón, misma que
transcribimos en parte, además como un reconocimiento y homenaje a Sergio
Candelas, un gran periodista y entrañable amigo.
“El reporte sobre la caída del avión Convair HB-DOK dela Comisión Federal
de Electricidad llegó a la jefatura de redacción de la revista Tiempo minutos
después de que Guillermo Tobi Pérez Verduzco había transmitido la noticia, el
domingo 25 de enero de 1970,
a Jacobo Zabludovsky para su programa Hoy Domingo del
Canal 2 de Televisa”.
“Eran las 8:43 de la mañana, cuando el jefe de redacción, el asturiano Ovidio Gondi, escuchó por teléfono la voz del reportero Miyot Ostermayer (MO)”.
“Señor Gondi, se ha producido un accidente en las cercanías del aeropuerto de Poza Rica al estrellarse en el Cerro del Mesón uno de los cuatro aviones en que se trasladaba parte de la comitiva de prensa que cubre la campaña política presidencial de Luis Echeverría; iban a bordo 14 periodistas (un jefe de redacción, siete reporteros y seis fotógrafos), cuatro miembros de la tripulación y un médico. Todos han perecido. El avión quedó hecho pedazos”.
“El reporte sobre la caída del avión Convair HB-DOK de
“Eran las 8:43 de la mañana, cuando el jefe de redacción, el asturiano Ovidio Gondi, escuchó por teléfono la voz del reportero Miyot Ostermayer (MO)”.
“Señor Gondi, se ha producido un accidente en las cercanías del aeropuerto de Poza Rica al estrellarse en el Cerro del Mesón uno de los cuatro aviones en que se trasladaba parte de la comitiva de prensa que cubre la campaña política presidencial de Luis Echeverría; iban a bordo 14 periodistas (un jefe de redacción, siete reporteros y seis fotógrafos), cuatro miembros de la tripulación y un médico. Todos han perecido. El avión quedó hecho pedazos”.
“Por la noche de ese día, a las 11:25, se recibía en la antigua
casona de piedra gris el despacho de prensa transmitido vía télex por Miyot,
titulado: La Última Misión. Empezaba a clarear la mañana del domingo 25 de
enero. Muy cerca de la entrada que conduce a la pista de carga de la Compañía Mexicana
de Aviación, en el Aeropuerto Internacional de la ciudad de México, conversaban
animadamente cinco personas. Cerca de allí en la acera, algunos vehículos
depositaban maletas, bolsas de nylon para trajes, máquinas de escribir
portátiles, grabadoras magnetofónicas y cámaras fotográficas”.
“Más allá, a pocos metros de distancia, Jesús Kramsky, reportero de El Heraldo de México, daba un abrazo a su madre y a un hermano que habían ido a despedirlo a la terminal aérea. Para Jesús, era su segunda gran oportunidad periodística: los directores de los diarios y revistas de México ponen mucho cuidado al seleccionar personal para misiones de información importantes. El Heraldo había reiterado su confianza en Kramsky -casi un adolescente, alto, apuesto y poseedor de excepcionales dotes reporteriles- para cubrir, con otros compañeros, de aquella campaña electoral.
“A la entrada a la bodega de Mexicana de Aviación, la charla continuaba. Rubén Porras Ochoa, reportero deLa
Afición ; Adolfo Olmedo Luna, de Ovaciones; Miguel de los
Santos Hernández Álvarez, de Prensa Independiente de México, SA (Pimsa); Carlos
Infante, de Avance y MO de la revista Tiempo, cambiaban impresiones sobre los
34 días de trabajo que les aguardaban. Olmedo, lleno de orgullo, había
presentado a los reporteros a su hijo Adolfo de 26 años, recién egresado de la
Universidad”.
“Porras Ochoa comunicaba a los demás su intención de invitar a los reporteros, cuando llegaran a Catemaco, a una comida en un pequeño ranchito que había comprado allí, adonde pensaba retirarse, con su esposa y sus tres hijos, después de un año o dos más de trajín periodístico. De los Santos, moreno, menudo, de ojos negros brillantes y expresivos, permanecía, como siempre, callado ante la plática de sus compañeros. Inundaba al grupo el ambiente de optimismo y fraternidad que es común entre los periodistas mexicanos antes de una misión durante la cual habrían de convivir por varias semanas”.
“Los periodistas, en busca de mayor abrigo, el frío arreciaba, se dirigieron a un lugar donde se registra a los empleados de esa sección del aeropuerto. Llegaron más reporteros. Pepe Falconi, de El Heraldo de México, saludó a todos con su acostumbrado ¿cómo estás hermano?; Rafael Moya Rodríguez, jefe de redacción del mismo diario, que por esta única vez había dejado su escritorio para supervisar durante algunos días el trabajo de sus reporteros; Jesús Figueroa, deLa Prensa
estaba feliz porque a diez años de haber ocupado el modesto cargo de ayudante
de redacción en ese periódico, por sus méritos, al fin, en justo premio lo
consideraban como enviado especial; la pareja invencible: Mario Rojas Sedeño y
Hernán Porragas Ruiz, de El Sol de México, siempre unidos, autores de la muy
leída y ágil columna matutina Diario de Campaña, admirados por su sensibilidad
para exponer los grandes problemas de México”.
“No muy lejos de allí, otros hombres hacían corrillo: Ismael Casasola, subjefe de fotógrafos y Eduardo Quiroz, de El Heraldo, pulcramente vestidos y con carteras de piel repletas de película, lentes, telefotos y dos o tres cámaras; Rodolfo el Pelos Martínez, deLa
Prensa , que ya, a esa hora, empezaba a contagiar de humor a
sus colegas con un buen repertorio de chistes; Jaime González Hermosillo, de
Excélsior, participaban de la charla”.
“Empezaron a calentar unos débiles rayos de sol cuando llegaron a aquel lugar el diputado Humberto Lugo y Francisco Algorri, secretario de prensa y jefe de información del partido. Ambos llevaban unas listas de periodistas y fotógrafos, de acuerdo con las cuales se habrían de ocupar los aviones destinados a transportar a los representantes de la prensa a Poza Rica, punto de partida de esa etapa de la campaña”.
“Había en la pista dos aeronaves para la comitiva de información: un DC-3, en cuya proa llevaba el nombre de Juan Aldama, y un Convair matrícula XB-DOK. Lugo y Algorri se situaron al pie de la escalerilla de la nave, relación en mano y fueron palomeando uno por uno a los pasajeros que abordaban el avión”.
“Abordo del aparato estaban ya los miembros de la tripulación: Leopoldo Ramírez Di Stéfano, piloto de 36 años de edad; Luis Martínez, copiloto; Javier Eliseo Ríos, ingeniero de vuelo y Rosa María Pedroza, taquígrafa durante muchos años enla Cámara
de Diputados y habilitada por esta ocasión como azafata en la campaña”.
“Subieron al Convair los reporteros Porras Ochoa, De los Santos, Rojas Sedeño, Porragas, Olmedo, Falconi, Moya, Figueroa y Kramsky; los fotógrafos José Ley y Lorenzo Borboa, de El Sol de México; Quiroz, Jaime González, Martínez y Casasola. También abordó la nave el doctor Camilo Ordaz, que cumplía una comisión del Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales del partido”.
“Detrás de ese grupo, ascendieron por la escalerilla de la nave los reporteros Ostermayer e Infante, pero éstos se percataron que los 16 asientos ya estaban ocupados. Miyot antes de bajar, observó que a un lado de la puerta del avión había un asiento lateral para cuatro personas que ocupaban tres enviados de El Heraldo: Kramsky, Falconi y Moya, que charlaban mientras se sujetaban los cinturones de seguridad; pensó ocupar un lugar junto a ellos, pero recordó que viajar de lado es más propenso a marearse que viajar de frente y optó por bajar del aparato”.
“Infante y Miyot bajaron para dirigirse a otro avión. Otro periodista, el Tobi Pérez Verduzco, era detenido en la escalerilla por el diputado Lugo, quien le explicó que ya no había lugar en ese avión”.
“Bajó MO, y ya en la pista topó con Gregorio Ortega Molina, reportero dela Revista de América, quien
le preguntó: -¿A dónde vas? Vamos, que ya es hora de salir. El reportero de
Tiempo le explicó que ya no había lugar en el Convair. Ante lo cual, Ortega hizo
un mohín de disgusto y dijo: -Lástima, porque ese avión es muy rápido. En eso
se acercó Moisés Martínez, de La
Prensa , y dirigiéndose a Gregorio expresó: -Véngase mi flaco;
yo le disparo el desayuno”.
“Juntos se encaminaron a otro avión, a la par que Miyot trataba de asegurarse de la aeronave en que viajaría. Habló con Algorri, quien le informó que le tenía un sitio reservado en el Juan Aldama, y le pidió de favor le entregara cuatro gafetes de identidad a otros tantos periodistas que ya estaban a bordo del Convair. Así los hizo Ostermayer; por segunda vez subió a la nave. Descendió después de dirigir un cordial ¡hasta luego! a Porras Ochoa, a De los Santos y a otros más que ya aguardaban en sus asientos la hora del despegue”.
“El primer avión de la comitiva, el Vicente Guerrero, despegó del aeropuerto, luego lo hicieron el Convair, el Aldama y otros dos aparatos. Eran las 7:20 de la mañana, el frío empezaba a ceder y en el horizonte del noreste se divisaban cúmulos grisáceos”.
“Miyot consiguió un lugar en el tercer aparato, se hundió en el asiento. El avión atravesó una capa de nubes que ocultaban el sol. Miró el tapizado interior de color marfil que decoraba las paredes enmarcando las ventanillas. Desde la ventana sólo veía el ala del avión. Su cuerpo registraba la vibración de los motores. Como premonición, su pensamiento vacilaba ante el recuerdo. El avión atravesó las nubes. No se veía la tierra. No se veía el sol. Nada que tuviera elocuencia”.
“La ruta aérea México-Poza Rica pasa sobrela Sierra Madre
Oriental. Sobre ella cruzaron los aviones. Después de 40 minutos de vuelo el
Aldama, en el que iba el reportero de Tiempo, estaba en el cielo de Poza Rica.
A esa hora, los vientos procedentes del Golfo de México habían acumulado dos
capas de nubes sobre la región norteña de Veracruz. La más baja quedaba casi al
ras de los cerros; como el cielo estaba muy cerrado, la aeronave sobrevoló 50
minutos más tratando de hallar un claro entre las nubes por el cual enfilarse
hacia la pista del aeropuerto”.
“Había angustia e inquietud entre los periodistas. De la cabina del avión salió el copiloto para comunicar a los pasajeros que había dificultades para aterrizar, ante esta advertencia, Leopoldo Vásquez, fotógrafo de Cine Mundial, un tanto nervioso, preguntó al tripulante”:
“Se hizo el silencio en el interior del Aldama. Algunos reporteros, para disimular el nerviosismo hacían como que querían leer los periódicos, pero no asimilaban la lectura; otros tomaban café e intentaban concluir con el desayuno que se les había servido a mitad del vuelo. Por fin, en un sitio sobre Poza Rica, el piloto encontró zona despejada; descendió el avión, giró en semicírculo y, volando bajo de la capa de nubes, enfiló sobre el aeropuerto y aterrizó sin contratiempo”.
“En tierra ya estaban algunas aeronaves de la comitiva. Cuando los pasajeros del Juan Aldama se dirigían a las oficinas de la terminal aérea, MO lanzó su mirada sobre los aviones que estaban aparcados en el área de hangares, y él, que había presenciado la salida de las naves en la ciudad de México, notó una ausencia que le oprimió el pecho: el Convair, que había salido en primer lugar, no estaba allí. Hizo partícipe de su inquietud a Ortega, quien comentó”
“No te preocupes; como está el tiempo, seguramente todavía se hallará sobrevolando la zona, o se fue a aterrizar a Tuxpan. En Poza Rica todo era fiesta. Hacían valla a la salida del aeropuerto centenares de trabajadores petroleros. Un grupo de niñas veracruzanas vestían atuendos típicos jarochos, el cielo nublado no disminuía en nada aquel calor hospitalario ni aquella alegría con que los pozarricenses aguardaban al candidato rodeados por la verdura pródiga de la región”.
“Poco a poco fueron llegando los periodistas al autobús en que viajaban los reporteros y que llevaba el nombre de Ignacio Allende. La ausencia del Convair y de los compañeros que en él viajaban, llegó a intranquilizar. Lo que, afuera, era bullicio y júbilo, dentro del autobús era inquietud, cargada de presagios que nadie se atrevía a pronunciar. Algunos reporteros conminaron al diputado Fausto Zapata, coordinador de prensa en campaña, para que enviara una persona a las oficinas del aeropuerto para preguntar por el destino del Convair2.
“Así lo hizo Zapata, a esa hora ya había aterrizado el avión del político en campaña, quien a bordo de un camión de redilas, se dirigía al sitio en que habría de celebrarse el primer mitin de la gira. La primera etapa se cubrió en 52 días consecutivos, sin parar, por el Bajío, el Occidente y el Noroeste del país. El encargado de indagar sobre la aeronave ausente fue Francisco Paco Cayuela, ayudante del coordinador de prensa”.
“Pasaron varios minutos cargados de tensión. Muy pocos periodistas se atrevían a hablar. Por fin, llegó Cayuela corriendo hasta el autobús de prensa. Subió y pálido, con la voz ahogada por el nerviosismo, le gritó a Zapata”
“-¡Se estrelló!, La sacudida emocional fue aterradora. Alguien, en medio de la confusión, preguntó: -¿Dónde fue? ¿Están heridos?, Paco exclamó: ¡Todos están muertos!, Humberto Aranda, joven reportero de El Sol de México, fogueado en las lides reporteriles, lloró como un niño; y con él lloraron muchos más. Buscaron entre sí y del doloroso recuento surgieron los nombres de los que habían subido al fatídico avión”.
“En seguida, los periodistas pidieron que el autobús desviara su ruta de tránsito hacia al lugar del mitin y los llevara al Centro de Prensa instalado en las oficinas del Sindicato Petrolero de Poza Rica, en donde, por medio de las únicas cinco líneas telefónicas disponibles, hablaron a la ciudad de México para informar del suceso a las redacciones de los periódicos, radio y televisión de la capital dela
República , y para tranquilizar a sus familiares”.
“Pérez Verduzco, de Prensa Unida de México, SA (Pumsa) y colaborador de Zabludovsky, transmitió a éste la noticia y pronto la terrible nueva se difundió por toda la nación, aunque todavía no se confirmaban los nombres ni el estado de las víctimas, no precisó que tan sólo se trataba de una parte de los periodistas, y generalizó”.
“Poco después, los reporteros y fotógrafos solicitaron vehículos para trasladarse al lugar donde había ocurrido el accidente, distante cinco kilómetros del aeropuerto. Todos estaban invadidos de un vehemente deseo de ayudar, de cerciorarse, de salvar amigos”.
“A las 8:15 de la mañana de ese día, Flavio Pérez, jornalero de un predio agrícola, situado en las faldas del cerro del Mesón, se dirigía a la congregación ejidal Manuel Ávila Camacho -conocida por los lugareños como Poblado 52- en busca de una medicina para su hija, gravemente enferma”.
“De pronto, Flavio oyó un ensordecedor estruendo. Localizó el sitio del que había provenido aquel ruido y hacia él dirigió sus pasos. Subió la pendiente del cerro hasta llegar al lugar del accidente, en medio del follaje perenne, vio trozos de metal, cadáveres, grabadoras, cámaras fotográficas, máquinas de escribir, árboles destrozados y la cola de un avión. Tal fue la escena que contemplaron sus ojos”.
“Creyó oír unos quejidos, se acercó más a la cola del avión y pudo ver cerca de ella a un jovencito bañado en sangre derribado junto a un cuerpo inerte, que, haciendo acopio de fuerzas, sacó de entre sus ropas un boletín de prensa del partido en cuyo reverso garrapateó unas frases”.
“Yo Jesús Kramsky, periodista del Heraldo de México pido auxilio a toda persona que me pueda ayudar. Agradezco todas las atenciones. Es urgente por amor de Dios. Y todavía pudo escribir su apellido al calce: Kramsky”.
“El campesino tomó el recado y bajó corriendo por una brecha hasta allegar a la farmacia Santa Elvira de la colonia Ávila Camacho. En el establecimiento estaba María Luisa Fernández, esposa del dueño de la botica, a quien el campesino entregó el recado de Kramsky. Bastó que María Luisa leyera el mensaje y escuchara medianamente la narración que le hizo Flavio, para que saliera a la calle en busca de ayuda. Pasaba por ahí Lupercio Cobos, quien se ofreció a llevar el mensaje a la ciudad. Eran las 9:45”.
“A esa hora, los periodistas de la comitiva habían llegado a las inmediaciones del Cerro del Mesón, subían a pie, cuesta arriba, hasta el sitio del accidente. A eso de las 12:15 vieron sobrevolar un helicóptero a bordo del cual llegaron los principales políticos. Arriba, entre los restos del avión, ya estaban algunas brigadas de rescate formadas por miembros del ejército, dela Cruz Roja local y de
voluntarios”.
Fotógrafos, camarógrafos y reporteros llegaron jadeando hasta los restos del avión. Pocos pudieron soportar la escena. Algunos sacaron fuerzas de la flaqueza y ayudaron a la identificación de las víctimas. Sobre el herbazal, tendidos, cubiertos por sus propias ropas, estaban 15 cuerpos. Este es Mario Rojas, dijo un compañero entre sollozos al ver el traje de pana amarilla que solía usar el autor del Diario de Campaña. El candidato, visiblemente consternado, con las mandíbulas apretadas, preguntó a Cayuela”, -¿Están plenamente identificados los cuerpos? ¿Cuántos son?, Paco respondió: Hay 16 identificados. Faltan cuatro”.
“Se dispuso entonces buscar bajo la única parte intacta del avión: la cola. Para ello, un camión del ejército, de los llamados comandos, tiró de ella con un cable de acero hasta ponerla de costado. Allí estaban los cuatro cuerpos que faltaban. Miyot se acercó al sitio en el momento en que unos voluntarios cargaban a una víctima y no quiso ver más, sino optó por preguntar a Francisco”
“-¿Quién es?, Cayuela contestó en voz baja, hecha casi un susurro: -Es Miguelito; es De los Santos. Casi una hora permaneció allí el candidato. En ese lapso giró instrucciones para que una funeraria de Poza Rica proporcionara los ataúdes, que fueran todos iguales; se identificara plenamente a las víctimas; que las trasladaran los cuerpos a bordo de ambulancias hasta el aeropuerto local; se facilitara, desde luego, un avión para trasladar los restos a la ciudad de México”.
Anunció también que, él personalmente, acompañaría los cuerpos para entregarlos a las familias de las víctimas, y que, desde aquel momento suspendía sus actividades políticas programadas para el resto del día”
“Más allá, a pocos metros de distancia, Jesús Kramsky, reportero de El Heraldo de México, daba un abrazo a su madre y a un hermano que habían ido a despedirlo a la terminal aérea. Para Jesús, era su segunda gran oportunidad periodística: los directores de los diarios y revistas de México ponen mucho cuidado al seleccionar personal para misiones de información importantes. El Heraldo había reiterado su confianza en Kramsky -casi un adolescente, alto, apuesto y poseedor de excepcionales dotes reporteriles- para cubrir, con otros compañeros, de aquella campaña electoral.
“A la entrada a la bodega de Mexicana de Aviación, la charla continuaba. Rubén Porras Ochoa, reportero de
“Porras Ochoa comunicaba a los demás su intención de invitar a los reporteros, cuando llegaran a Catemaco, a una comida en un pequeño ranchito que había comprado allí, adonde pensaba retirarse, con su esposa y sus tres hijos, después de un año o dos más de trajín periodístico. De los Santos, moreno, menudo, de ojos negros brillantes y expresivos, permanecía, como siempre, callado ante la plática de sus compañeros. Inundaba al grupo el ambiente de optimismo y fraternidad que es común entre los periodistas mexicanos antes de una misión durante la cual habrían de convivir por varias semanas”.
“Los periodistas, en busca de mayor abrigo, el frío arreciaba, se dirigieron a un lugar donde se registra a los empleados de esa sección del aeropuerto. Llegaron más reporteros. Pepe Falconi, de El Heraldo de México, saludó a todos con su acostumbrado ¿cómo estás hermano?; Rafael Moya Rodríguez, jefe de redacción del mismo diario, que por esta única vez había dejado su escritorio para supervisar durante algunos días el trabajo de sus reporteros; Jesús Figueroa, de
“No muy lejos de allí, otros hombres hacían corrillo: Ismael Casasola, subjefe de fotógrafos y Eduardo Quiroz, de El Heraldo, pulcramente vestidos y con carteras de piel repletas de película, lentes, telefotos y dos o tres cámaras; Rodolfo el Pelos Martínez, de
“Empezaron a calentar unos débiles rayos de sol cuando llegaron a aquel lugar el diputado Humberto Lugo y Francisco Algorri, secretario de prensa y jefe de información del partido. Ambos llevaban unas listas de periodistas y fotógrafos, de acuerdo con las cuales se habrían de ocupar los aviones destinados a transportar a los representantes de la prensa a Poza Rica, punto de partida de esa etapa de la campaña”.
“Había en la pista dos aeronaves para la comitiva de información: un DC-3, en cuya proa llevaba el nombre de Juan Aldama, y un Convair matrícula XB-DOK. Lugo y Algorri se situaron al pie de la escalerilla de la nave, relación en mano y fueron palomeando uno por uno a los pasajeros que abordaban el avión”.
“Abordo del aparato estaban ya los miembros de la tripulación: Leopoldo Ramírez Di Stéfano, piloto de 36 años de edad; Luis Martínez, copiloto; Javier Eliseo Ríos, ingeniero de vuelo y Rosa María Pedroza, taquígrafa durante muchos años en
“Subieron al Convair los reporteros Porras Ochoa, De los Santos, Rojas Sedeño, Porragas, Olmedo, Falconi, Moya, Figueroa y Kramsky; los fotógrafos José Ley y Lorenzo Borboa, de El Sol de México; Quiroz, Jaime González, Martínez y Casasola. También abordó la nave el doctor Camilo Ordaz, que cumplía una comisión del Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales del partido”.
“Detrás de ese grupo, ascendieron por la escalerilla de la nave los reporteros Ostermayer e Infante, pero éstos se percataron que los 16 asientos ya estaban ocupados. Miyot antes de bajar, observó que a un lado de la puerta del avión había un asiento lateral para cuatro personas que ocupaban tres enviados de El Heraldo: Kramsky, Falconi y Moya, que charlaban mientras se sujetaban los cinturones de seguridad; pensó ocupar un lugar junto a ellos, pero recordó que viajar de lado es más propenso a marearse que viajar de frente y optó por bajar del aparato”.
“Infante y Miyot bajaron para dirigirse a otro avión. Otro periodista, el Tobi Pérez Verduzco, era detenido en la escalerilla por el diputado Lugo, quien le explicó que ya no había lugar en ese avión”.
“Bajó MO, y ya en la pista topó con Gregorio Ortega Molina, reportero de
“Juntos se encaminaron a otro avión, a la par que Miyot trataba de asegurarse de la aeronave en que viajaría. Habló con Algorri, quien le informó que le tenía un sitio reservado en el Juan Aldama, y le pidió de favor le entregara cuatro gafetes de identidad a otros tantos periodistas que ya estaban a bordo del Convair. Así los hizo Ostermayer; por segunda vez subió a la nave. Descendió después de dirigir un cordial ¡hasta luego! a Porras Ochoa, a De los Santos y a otros más que ya aguardaban en sus asientos la hora del despegue”.
“El primer avión de la comitiva, el Vicente Guerrero, despegó del aeropuerto, luego lo hicieron el Convair, el Aldama y otros dos aparatos. Eran las 7:20 de la mañana, el frío empezaba a ceder y en el horizonte del noreste se divisaban cúmulos grisáceos”.
“Miyot consiguió un lugar en el tercer aparato, se hundió en el asiento. El avión atravesó una capa de nubes que ocultaban el sol. Miró el tapizado interior de color marfil que decoraba las paredes enmarcando las ventanillas. Desde la ventana sólo veía el ala del avión. Su cuerpo registraba la vibración de los motores. Como premonición, su pensamiento vacilaba ante el recuerdo. El avión atravesó las nubes. No se veía la tierra. No se veía el sol. Nada que tuviera elocuencia”.
“La ruta aérea México-Poza Rica pasa sobre
“Había angustia e inquietud entre los periodistas. De la cabina del avión salió el copiloto para comunicar a los pasajeros que había dificultades para aterrizar, ante esta advertencia, Leopoldo Vásquez, fotógrafo de Cine Mundial, un tanto nervioso, preguntó al tripulante”:
“Se hizo el silencio en el interior del Aldama. Algunos reporteros, para disimular el nerviosismo hacían como que querían leer los periódicos, pero no asimilaban la lectura; otros tomaban café e intentaban concluir con el desayuno que se les había servido a mitad del vuelo. Por fin, en un sitio sobre Poza Rica, el piloto encontró zona despejada; descendió el avión, giró en semicírculo y, volando bajo de la capa de nubes, enfiló sobre el aeropuerto y aterrizó sin contratiempo”.
“En tierra ya estaban algunas aeronaves de la comitiva. Cuando los pasajeros del Juan Aldama se dirigían a las oficinas de la terminal aérea, MO lanzó su mirada sobre los aviones que estaban aparcados en el área de hangares, y él, que había presenciado la salida de las naves en la ciudad de México, notó una ausencia que le oprimió el pecho: el Convair, que había salido en primer lugar, no estaba allí. Hizo partícipe de su inquietud a Ortega, quien comentó”
“No te preocupes; como está el tiempo, seguramente todavía se hallará sobrevolando la zona, o se fue a aterrizar a Tuxpan. En Poza Rica todo era fiesta. Hacían valla a la salida del aeropuerto centenares de trabajadores petroleros. Un grupo de niñas veracruzanas vestían atuendos típicos jarochos, el cielo nublado no disminuía en nada aquel calor hospitalario ni aquella alegría con que los pozarricenses aguardaban al candidato rodeados por la verdura pródiga de la región”.
“Poco a poco fueron llegando los periodistas al autobús en que viajaban los reporteros y que llevaba el nombre de Ignacio Allende. La ausencia del Convair y de los compañeros que en él viajaban, llegó a intranquilizar. Lo que, afuera, era bullicio y júbilo, dentro del autobús era inquietud, cargada de presagios que nadie se atrevía a pronunciar. Algunos reporteros conminaron al diputado Fausto Zapata, coordinador de prensa en campaña, para que enviara una persona a las oficinas del aeropuerto para preguntar por el destino del Convair2.
“Así lo hizo Zapata, a esa hora ya había aterrizado el avión del político en campaña, quien a bordo de un camión de redilas, se dirigía al sitio en que habría de celebrarse el primer mitin de la gira. La primera etapa se cubrió en 52 días consecutivos, sin parar, por el Bajío, el Occidente y el Noroeste del país. El encargado de indagar sobre la aeronave ausente fue Francisco Paco Cayuela, ayudante del coordinador de prensa”.
“Pasaron varios minutos cargados de tensión. Muy pocos periodistas se atrevían a hablar. Por fin, llegó Cayuela corriendo hasta el autobús de prensa. Subió y pálido, con la voz ahogada por el nerviosismo, le gritó a Zapata”
“-¡Se estrelló!, La sacudida emocional fue aterradora. Alguien, en medio de la confusión, preguntó: -¿Dónde fue? ¿Están heridos?, Paco exclamó: ¡Todos están muertos!, Humberto Aranda, joven reportero de El Sol de México, fogueado en las lides reporteriles, lloró como un niño; y con él lloraron muchos más. Buscaron entre sí y del doloroso recuento surgieron los nombres de los que habían subido al fatídico avión”.
“En seguida, los periodistas pidieron que el autobús desviara su ruta de tránsito hacia al lugar del mitin y los llevara al Centro de Prensa instalado en las oficinas del Sindicato Petrolero de Poza Rica, en donde, por medio de las únicas cinco líneas telefónicas disponibles, hablaron a la ciudad de México para informar del suceso a las redacciones de los periódicos, radio y televisión de la capital de
“Pérez Verduzco, de Prensa Unida de México, SA (Pumsa) y colaborador de Zabludovsky, transmitió a éste la noticia y pronto la terrible nueva se difundió por toda la nación, aunque todavía no se confirmaban los nombres ni el estado de las víctimas, no precisó que tan sólo se trataba de una parte de los periodistas, y generalizó”.
“Poco después, los reporteros y fotógrafos solicitaron vehículos para trasladarse al lugar donde había ocurrido el accidente, distante cinco kilómetros del aeropuerto. Todos estaban invadidos de un vehemente deseo de ayudar, de cerciorarse, de salvar amigos”.
“A las 8:15 de la mañana de ese día, Flavio Pérez, jornalero de un predio agrícola, situado en las faldas del cerro del Mesón, se dirigía a la congregación ejidal Manuel Ávila Camacho -conocida por los lugareños como Poblado 52- en busca de una medicina para su hija, gravemente enferma”.
“De pronto, Flavio oyó un ensordecedor estruendo. Localizó el sitio del que había provenido aquel ruido y hacia él dirigió sus pasos. Subió la pendiente del cerro hasta llegar al lugar del accidente, en medio del follaje perenne, vio trozos de metal, cadáveres, grabadoras, cámaras fotográficas, máquinas de escribir, árboles destrozados y la cola de un avión. Tal fue la escena que contemplaron sus ojos”.
“Creyó oír unos quejidos, se acercó más a la cola del avión y pudo ver cerca de ella a un jovencito bañado en sangre derribado junto a un cuerpo inerte, que, haciendo acopio de fuerzas, sacó de entre sus ropas un boletín de prensa del partido en cuyo reverso garrapateó unas frases”.
“Yo Jesús Kramsky, periodista del Heraldo de México pido auxilio a toda persona que me pueda ayudar. Agradezco todas las atenciones. Es urgente por amor de Dios. Y todavía pudo escribir su apellido al calce: Kramsky”.
“El campesino tomó el recado y bajó corriendo por una brecha hasta allegar a la farmacia Santa Elvira de la colonia Ávila Camacho. En el establecimiento estaba María Luisa Fernández, esposa del dueño de la botica, a quien el campesino entregó el recado de Kramsky. Bastó que María Luisa leyera el mensaje y escuchara medianamente la narración que le hizo Flavio, para que saliera a la calle en busca de ayuda. Pasaba por ahí Lupercio Cobos, quien se ofreció a llevar el mensaje a la ciudad. Eran las 9:45”.
“A esa hora, los periodistas de la comitiva habían llegado a las inmediaciones del Cerro del Mesón, subían a pie, cuesta arriba, hasta el sitio del accidente. A eso de las 12:15 vieron sobrevolar un helicóptero a bordo del cual llegaron los principales políticos. Arriba, entre los restos del avión, ya estaban algunas brigadas de rescate formadas por miembros del ejército, de
Fotógrafos, camarógrafos y reporteros llegaron jadeando hasta los restos del avión. Pocos pudieron soportar la escena. Algunos sacaron fuerzas de la flaqueza y ayudaron a la identificación de las víctimas. Sobre el herbazal, tendidos, cubiertos por sus propias ropas, estaban 15 cuerpos. Este es Mario Rojas, dijo un compañero entre sollozos al ver el traje de pana amarilla que solía usar el autor del Diario de Campaña. El candidato, visiblemente consternado, con las mandíbulas apretadas, preguntó a Cayuela”, -¿Están plenamente identificados los cuerpos? ¿Cuántos son?, Paco respondió: Hay 16 identificados. Faltan cuatro”.
“Se dispuso entonces buscar bajo la única parte intacta del avión: la cola. Para ello, un camión del ejército, de los llamados comandos, tiró de ella con un cable de acero hasta ponerla de costado. Allí estaban los cuatro cuerpos que faltaban. Miyot se acercó al sitio en el momento en que unos voluntarios cargaban a una víctima y no quiso ver más, sino optó por preguntar a Francisco”
“-¿Quién es?, Cayuela contestó en voz baja, hecha casi un susurro: -Es Miguelito; es De los Santos. Casi una hora permaneció allí el candidato. En ese lapso giró instrucciones para que una funeraria de Poza Rica proporcionara los ataúdes, que fueran todos iguales; se identificara plenamente a las víctimas; que las trasladaran los cuerpos a bordo de ambulancias hasta el aeropuerto local; se facilitara, desde luego, un avión para trasladar los restos a la ciudad de México”.
Anunció también que, él personalmente, acompañaría los cuerpos para entregarlos a las familias de las víctimas, y que, desde aquel momento suspendía sus actividades políticas programadas para el resto del día”
.
“El candidato volvió a abordar el helicóptero y se dirigió directamente a las oficinas del aeropuerto en donde aguardó la llegada de los cadáveres, que habían sido depositados en ataúdes dentro de un hangar, donde los periodistas, consternados, montaron una guardia ante los compañeros caídos”.
“Los féretros fueron colocados en el avión Ebano de Petróleos Mexicanos. Y tras ellos subieron el candidato; don Mario Rojas Avendaño, padre de Rojas Sedeño, tres político y el jefe de ayudantes Medardo Molina”.
“Dentro de la espaciosa cabina de la aeronave, despojada de asientos, estaban en fila, los 20 ataúdes, modestos, de madera forrada con paño café y gris. Abajo, quedaba un grupo de periodistas diezmados que aún no podían salir de su azoro ante la magnitud de la tragedia. Y en sus mentes brotaban, sin cesar, en círculo interminable, nombres y más nombres”
Jesús Kramsky, único sobreviviente, había sido llevado, gravemente herido, al hospital de PEMEX, en donde los médicos luchaban por salvarle la vida. Tenía fracturas múltiples en ambas piernas y graves lesiones en la cabeza. Postrado, Kramsky dijo a la enfermera Urcid que estaba preocupado por su periódico, ¿Quién iba a mandar ahora las noticias al Heraldo?
“Luego trató de aquietar su inquietud profesional y confió en que Moya, su jefe de redacción lo supliera, pero éste había muerto. Al poco rato los médicos lo enteraron de la verdad. Él era el único con vida. La tarde del 28 de enero, el director del hospital que PEMEX tiene en Poza Rica informó que no había variado el estado de inconsciencia en que había caído el paciente a raíz de un derrame cerebral: se apreció respuesta positiva a estímulos dolorosos y sensoriales”.
“Las primeras versiones que corrieron entre los reporteros sobre el percance fue que el piloto maniobró en un banco de niebla, que le obligó a bajar su techo de navegación siguiendo la línea de un ocho y perdió el contacto visual de la pista del aeropuerto, topó contra las copas de los árboles del cerro del Mesón y se precipitó a tierra en pedazos”.
“En la ciudad de México, al entrar la tarde, los vespertinos daban a conocer el trágico suceso con grandes caracteres en primera plana y a ocho columnas, en tanto en el país, a través de la radio, se difundía la noticia hasta los últimos rincones. En muchísimos hogares reinaba la zozobra y el dolor. En otros había incertidumbre, todavía se ignoraba la suerte corrida por el esposo, el padre, el hermano, el hijo o el compañero”.
“A las 2:30 de la tarde, Martínez Domínguez, presidente del partido, dio a conocer la información sobre el accidente, la lista exacta de los fallecidos y el estado en que se hallaba el sobreviviente Kramsky”.
“El candidato volvió a abordar el helicóptero y se dirigió directamente a las oficinas del aeropuerto en donde aguardó la llegada de los cadáveres, que habían sido depositados en ataúdes dentro de un hangar, donde los periodistas, consternados, montaron una guardia ante los compañeros caídos”.
“Los féretros fueron colocados en el avión Ebano de Petróleos Mexicanos. Y tras ellos subieron el candidato; don Mario Rojas Avendaño, padre de Rojas Sedeño, tres político y el jefe de ayudantes Medardo Molina”.
“Dentro de la espaciosa cabina de la aeronave, despojada de asientos, estaban en fila, los 20 ataúdes, modestos, de madera forrada con paño café y gris. Abajo, quedaba un grupo de periodistas diezmados que aún no podían salir de su azoro ante la magnitud de la tragedia. Y en sus mentes brotaban, sin cesar, en círculo interminable, nombres y más nombres”
Jesús Kramsky, único sobreviviente, había sido llevado, gravemente herido, al hospital de PEMEX, en donde los médicos luchaban por salvarle la vida. Tenía fracturas múltiples en ambas piernas y graves lesiones en la cabeza. Postrado, Kramsky dijo a la enfermera Urcid que estaba preocupado por su periódico, ¿Quién iba a mandar ahora las noticias al Heraldo?
“Luego trató de aquietar su inquietud profesional y confió en que Moya, su jefe de redacción lo supliera, pero éste había muerto. Al poco rato los médicos lo enteraron de la verdad. Él era el único con vida. La tarde del 28 de enero, el director del hospital que PEMEX tiene en Poza Rica informó que no había variado el estado de inconsciencia en que había caído el paciente a raíz de un derrame cerebral: se apreció respuesta positiva a estímulos dolorosos y sensoriales”.
“Las primeras versiones que corrieron entre los reporteros sobre el percance fue que el piloto maniobró en un banco de niebla, que le obligó a bajar su techo de navegación siguiendo la línea de un ocho y perdió el contacto visual de la pista del aeropuerto, topó contra las copas de los árboles del cerro del Mesón y se precipitó a tierra en pedazos”.
“En la ciudad de México, al entrar la tarde, los vespertinos daban a conocer el trágico suceso con grandes caracteres en primera plana y a ocho columnas, en tanto en el país, a través de la radio, se difundía la noticia hasta los últimos rincones. En muchísimos hogares reinaba la zozobra y el dolor. En otros había incertidumbre, todavía se ignoraba la suerte corrida por el esposo, el padre, el hermano, el hijo o el compañero”.
“A las 2:30 de la tarde, Martínez Domínguez, presidente del partido, dio a conocer la información sobre el accidente, la lista exacta de los fallecidos y el estado en que se hallaba el sobreviviente Kramsky”.
“El Ébano tocó tierra a las 4:40, y cuando el avión detuvo sus
motores en la pista de parqueo de la
CMA , nadie pudo contener a la multitud que se arremolinó al
pie de la escalerilla. El político dio sus condolencias a los directores de la
prensa nacional. Inmediatamente subieron al avión voluntarios de la Cruz Roja y el capellán
Jesús Torres, quien pronunció oraciones y responsos ante los ataúdes”.
“A las 4:50 fueron bajados los féretros y colocados en carrozas fúnebres de Gayosso. Brotó el llanto incontenible. Algunas personas animadas por un hálito de esperanza, preguntaban a los miembros de la tripulación por los nombres de los muertos y, obtenida la respuesta, prorrumpían en sollozos amargos”.
“Fueron amortajados los cuerpos, colocados en féretros metálicos grises y llevados a varias capillas. La primera guardia ante el féretro la hicieron el candidato y los directores de los medios de comunicación”.
“En el momento que llegaban los féretros a la funeraria Julio Scherer García, director general de Excélsior, comentó con varios directores con los que formaba un corrillo: -Mi voz es sólo una más entre todas las de la prensa nacional, que se siente consternada por la pérdida de un grupo de excelentes trabajadores en plena actividad. Si la muerte siempre es dolorosa, lo es aún más cuando toca a personas en plenitud, como es en este caso tan lamentable”.
“Años más tarde Ostermayer se encontró a Kramsky manejando un Mustang por Paseo dela Reforma ,
paró su coche y se pusieron a platicar, usaba muletas, se quejaba de que lo
habían olvidado, no conseguía trabajo, hablaba de los malos servicios médicos
del Seguro Social, cuya atención médica duró años. Vivía de una pensión que le
había otorgado el gobierno”.
“Kramsky había pedido con anterioridad a Miyot un ejemplar de la revista Tiempo donde se publicó la crónica del accidente, tenía interés en escribir un libro con la experiencias personales vividas, pero, el libro jamás fue editado”. Esto es parte de la crónica que hizo Sergio Candelas, al que recordamos con afecto, como el gran amigo y compañero de la reporteriada de aquellos años, cuando la tecnología todavía estaba en pañales.
“A las 4:50 fueron bajados los féretros y colocados en carrozas fúnebres de Gayosso. Brotó el llanto incontenible. Algunas personas animadas por un hálito de esperanza, preguntaban a los miembros de la tripulación por los nombres de los muertos y, obtenida la respuesta, prorrumpían en sollozos amargos”.
“Fueron amortajados los cuerpos, colocados en féretros metálicos grises y llevados a varias capillas. La primera guardia ante el féretro la hicieron el candidato y los directores de los medios de comunicación”.
“En el momento que llegaban los féretros a la funeraria Julio Scherer García, director general de Excélsior, comentó con varios directores con los que formaba un corrillo: -Mi voz es sólo una más entre todas las de la prensa nacional, que se siente consternada por la pérdida de un grupo de excelentes trabajadores en plena actividad. Si la muerte siempre es dolorosa, lo es aún más cuando toca a personas en plenitud, como es en este caso tan lamentable”.
“Años más tarde Ostermayer se encontró a Kramsky manejando un Mustang por Paseo de
“Kramsky había pedido con anterioridad a Miyot un ejemplar de la revista Tiempo donde se publicó la crónica del accidente, tenía interés en escribir un libro con la experiencias personales vividas, pero, el libro jamás fue editado”. Esto es parte de la crónica que hizo Sergio Candelas, al que recordamos con afecto, como el gran amigo y compañero de la reporteriada de aquellos años, cuando la tecnología todavía estaba en pañales.
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