sábado, 29 de diciembre de 2012

Las guerreras del tubo


Por: Alicia González - diciembre 29 de 2012 - 0:01 González en Sinembargo, LOS ESPECIALISTAS - 2 comentarios   “Pruébamelo, pruébamelo”, resonaba en la roja oscuridad que aquel misterioso pasillo aguardaba.
 La belleza curvilínea se imponía en cualquier centímetro del oriental palacio Hong Kong en la frontera. Semidesnudas, las guerreras del tubo deambulaban entre “Without me” de Eminem y “Luz de día”, de Enanitos Verdes con exóticos movimientos iluminados por las gravitaciones del brasier que ponían a adivinar a la concurrencia –mayormente masculina– la resistencia o mudez de los años. 
Tres pisos conformaban la casa de la lujuria andante. Luces de neón vestían a las féminas que se deslizaban en el trozo de metal con la maestría de una trapecista y flexibilidad mezcladas: de cabeza con los pies cruzados bajaban lentamente como el vuelo de una hada que no busca miradas y olvida como diría Oliverio Girondo que –lo único que no perdona es que no sepan volar–. Al compas de su sensualidad dominante se recitaba la poesía. 
Carnes altivas coqueteaban a los hambrientos de sentir, de ser amados por breves instantes, a los escapistas de la rutina laboral que los exaspera o deprime y a veces los lleva a la soledad incierta, pero buscan desahogar sus tensiones en receptáculos sensoriales, permisivos de recibir la visita de dedos extraños al triángulo de las bermudas perfectamente despejado de las olas púbicas, o bien, percibir la invasión táctil de manos ajenas a los círculos polares en sus diversas dimensiones.
 La espuma no restaba el deseo, lo intensificaba con el aplomo de realizar una simulación de baño sensual con el himno de Rihanna y su “Where have you been” sensible a los roces de las burbujas que incitaba a los iris masculinos a penetrar con la vista.
 Por algunos rincones, la penumbra de mediodía dejaba entrever a caballeros emperifollados con la compañía de una fémina capaz de adquirir alas en el tubo; su conversación ataviada de cervezas y sonrisas a diente forzado soltaba: “Eres el rey, ¡oh papi!, mi amor”, ensueño caro, a veces trocado en dólares que compensa el martirio de la existencia. El desfile no cesaba, algunas enfermeras se movían en búsqueda de algún paciente que les colocara un billete para ofrecerles el escote o provocar nervios acariciando su barbilla. 
Los meseros acosaban a los mirones despojándoles el vaso y trayéndoles otro para embelesar ese acto de contemplación carnal que a veces los recibe con pieles invadidas por la pesadilla femenina: celulitis, como si fuera un pueblo de tejido adiposo fundado sobre todo en las piernas, pero que a algunos no les molesta. 
Algunos miraban con asco, otros con el letargo de una posibilidad que no sucederá si no se cuenta con el capital suficiente. 
A veces la comunión corporal se daba sin contacto visual, simplemente el lacero llegaba, escogía a la “presa” de su gusto y comenzaba a enlazarla hacia su cuerpo, sin caricias ni ósculos, solamente buscando ese martilleo fugaz que no volverá. 
La escena parecía recrear un carrusel de preámbulos carnívoros que apenas y se contenían pero dejaban entrever la clasificación de las aspirantes a volar, un tanto variada por las pinceladas de sus rostros: algunos rasgos infantiles reflejados en los ojos, otros que llevaban los años correteándoles un poco, acompañado de proporciones un poco excesivas que hacían contraste con la ventana del alma. 
La música seguía, las pasarelas estaban llenas de damiselas semidesnudas con sus cabellos alisados o rizados. El sol de la tarde comenzaba a arreciarse al igual que los ánimos de quienes entraban y salían a perderse en las formas de las guerreras del tubo o bien, liberar esa soledad que siempre pide algo más.

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